Bendice, alma mía, al Señor, y todo lo que hay dentro de mí, bendiga su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ni uno de sus beneficios.
Él es el que perdona todas tus iniquidades; quien curará todas tus enfermedades;
quien redime tu vida del sepulcro y te corona de gracia y misericordia;
el que ha tenido suficiente de su vejez, para que su juventud se renueve como la del águila.
El Señor hace justicia y juzga a todos los oprimidos.
El Señor es misericordioso y compasivo; sufrido y bastante benigno.
No reprende perpetuamente, ni guarda su ira para siempre.
No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras iniquidades.
Porque cuando el cielo se eleva sobre la tierra, así es su misericordia para con los que le temen.
Tan lejos como Oriente está del Occidente, así transgrede nuestras transgresiones.
Como un padre se compadece de sus hijos, así el Señor se compadece de los que le temen.
Porque conoce nuestra estructura y sabe que somos polvo.
En cuanto al hombre, sus días son como la hierba; como la flor del campo, así florece;
porque cuando el viento sopla en él, desaparece; y no sabrás cuál es tu lugar a partir de entonces.
Pero la misericordia del Señor es de eternidad en eternidad, sobre los que le temen, y su justicia, sobre los hijos de los hijos,
a los que guardan su pacto ya los que recuerdan sus preceptos y los guardan.
En los cielos el SEÑOR estableció su trono, y su reino domina sobre todo.
Bendice al SEÑOR, todos sus ángeles, valientes en poder, que cumplen sus órdenes y obedecen su palabra.
Bendice al SEÑOR, todos sus ejércitos, ministros tuyos, que hacen su voluntad.
Bendecid al SEÑOR, todas sus obras, en todos los lugares de su dominio. Bendice al Señor, alma mía.