Al estudiar la historia, observamos que el lucro o la codicia siempre han sido la base de la dominación humana. Por lo tanto, todos los fundamentos de las decisiones humanas, en lo que respecta a los grupos mayoritarios, están relacionados con el lucro.
Las leyes de un país deciden hacer ciertas cosas malas porque son rentables; cuando dejan de serlo, se presenta la idea de que se está haciendo algo bueno, cuando en realidad el mayor beneficio reside en otras cosas malas.
Por ejemplo, desde la década de 1960, se ha hablado de ecología y los medios de comunicación han difundido la idea de no destruirla. Uno de estos grandes propagadores de la ecología fue Jacques-Yves Cousteau, quien advirtió sobre la destrucción de los mares. En aquella época, había mucha propaganda sobre la destrucción del planeta. Pero ¿tuvo algún efecto toda esta propaganda?
Podemos observar el crecimiento de la contaminación en el gráfico, donde el pico de óxido de nitrógeno se acerca a 2008, el de carbono a 2011, y el de amoníaco y metano siguen aumentando. ¿Por qué sigue aumentando la contaminación a pesar de la propaganda ecológica? Porque contaminar sigue siendo rentable. Cuando los países devastan completamente sus territorios y los desastres naturales ocurren constantemente, la devastación deja de ser rentable. En este caso, se lanzaría todo tipo de propaganda, con el único fin de reducir los daños, para intentar sostener la economía de los países. Lo cual, al final, sigue siendo una cuestión de lucro. Lo que realmente ocurre es que, en última instancia, las decisiones no se toman con base en la moral, sino en el margen de beneficio de cada grupo dominante.